Vough

No esperes encontrar ni salir de acá con algo de utilidad.

El inconsciente.

Siento el paso de una concausa, de una mujer, cuyo diálogo, cuya mirada me sustrae del momento en que me concentro en mi respiro. Cuyos aspectos y encantos se encargan de perfumarme la nariz y hechizarme bajo su cintura. Cuya existencia no conozco, por tanto desconozco si conozco lo que les he hecho conocer desde el comienzo. Solo la mera fantasía pueril me queda, y nada he hecho aún, mas no sé qué más no podría hacer; me limité a todo y jamás actué como pensé que llegué a actuar una vez: solo una fantasía pueril. El whisky de un irlandés, la belleza de una dama, la felicidad y el absurdo de mi propia redacción. Qué tortura.

Anuncios

Resoluciones.

Abúlico y complicado. Días fúnebres dentro de mí. Desearía fuera más sencillo, mas no lo es, fortuitamente. ¿Qué será de mí? ¿Qué será de lo que siento? ¿Qué será de esa persona, incognoscible aún, que quiero tanto, y, al mismo tiempo, no existe?
Me cuestiono mis capacidades, mis renombradas virtudes (no por mí; me lo dicen), mis seudo-habilidades poco desarrolladas, por eso «seudo».
¿Por qué guardo tanto amor? ¿Por qué me cuesta tanto demostrarlo? ¿Por qué no puedo liberarlo, redimirme de él, dejarlo escapar? Agoniza prorrumpiendo alaridos de desesperación, despavoridamente se lamenta: prefiere la muerte antes que continuar en esta suerte. Curioso que muerte y suerte sean palabras casi hermanas.
Amor que se condensa en la piel y no se esfuma, queda impregnada en ella, y se afirma y duele, y vuelve a ingresar, para reiniciar su martirio hasta lo profundo, bien hondo.
¿Por qué continuar, si sólo parece que los días me amanecerán igual de monótonos? ¿Qué sentido encontraré para avanzar, si nada, específicamente nadie, aparece para revolver mi vida, sazonarla de locura, y reconstruir aquellos ladrillos que estaban hechos de bruma?, o niebla; no estoy muy seguro, no era muy estable, me acuerdo, eso sí.
Distancia que me separa de la realidad, mi imaginación persigue sueños que son demasiado irreproducibles por su carácter utópico. Y eso que sólo ruego amor.
Es difícil, se presenta complicado el desafío, y, de por sí, yo mismo lo complico. Soy yo quien me bloqueo, no me presto, porque quiero lo perfecto. Quiero aquello definitivo que me provoque la felicidad inmensa de mi objetivo en vida. Quiero la certeza de todo mi destino, del final de mi ciclo vital, a mis tempranos, y todavía sin cumplir, dieciocho años.
Créanme loco, sé que es así. Pero mi corazón no reprime otra cuestión. Sólo ésta se me presenta como tal, y no puedo contradecirlo por más que yo mismo me cuestiones sobre el carácter trascendental de lo que dentro de mí siento. Es tan complejo, es tan difícil de comprender aún con las palabras plasmadas. Qué feo es no poder comprender por qué se complejiza todo al llegar a un momento decisivo en la vida.
La vida en sí es absurda, y si la felicidad y lo absurdo son hijas de la misma tierra (dicho por el escritor de lengua francesa). Quiero hacer el ridículo para alcanzar lo que más anhelo. Pero esto no es sorprendente, ni me caracteriza como escritor decir estas cosas, creo que pasa por otro lado. Y justamente ese lado es el más intrínseco y abstracto de uno mismo.
Qué difícil es.

Descripción de mi musa.

Me puedes. Completas mi esencia. Eres mis piernas, mi sostén. Eres los pasos que permiten desplazarme por las mañanas y continuar sobreviviendo un día más. Eres la sal de mis lágrimas, las conformas, eres componente esencial de las mismas. Eres aquellas miradas que brillan y son visibles a través de las nubes un día sin sol. Eres mis deseos fervientes, los más secretos, los más ocultos, los más felices. Eres mi orientación y mi brújula, das dirección a mi extraviado navío, perdido tras la indómita niebla del desasosiego. Eres la inverosimilitud con que mis ojos respiran el día en que no estás. Eres esa tenue vela, que sabe iluminar el sinuoso camino de mi destino y no me deja caer. Eres aquella sonrisa que supiste arrancar de mi entristecido ánimo; enriquecístelo. Eres mi lector, siendo yo tu libro; permitiéndote leerme, sabes cómo ir rasgando el borde de mis páginas, tan dulce, tan suave, siempre tan atenta y enloquecida por examinar mis letras, mis nuevos capítulos. Luego, al caer la sombra, me cierras y observas con abrasante dulzura el dorso que me mantiene unido a mis intrínsecas hojas. Eres mi domadora, mi maestra; sabiendo domesticarme, crecí un poco más gracias a ti. Eres mi alimento, sabes nutrirme; eres mi educación, sabes enseñarme; eres mis modales, sabes hacerme comportar. Eres lo que nunca me esperé de alguien hacia mí, porque creo haber hecho nada para merecérmelo. Eres lo que me puedes, porque más no lo es, ni lo sería. Eres mi caramelo, siendo yo tu niño encaprichado por él, insisténdole a mi madre que me lo compre. Eres mi confianza, porque me defines. Eres el oído que necesito que me escuche, no cualquier oído. Eres el cemento de mis cimientos: firme. Eres la representación de un sentimiento inconmensurable que me provocas. Eres mi poeta, porque yo soy sólo letras escritas por tu formidable elocuencia. Eres mi anhelado éxito aún no logrado. Eres mi desafío en vida. Eres la imprescriptibilidad con la que trabaja mi reloj, manejas esas manecillas. Eres mi calendario, determinas mis días. Eres casi todo. Lo eres. Tú lo sabes, y me puedes.

Reconocimiento.

Cuánta locura, cuánto tiempo malgastado por una tontería. Cuánta dedicación para algo tan fútil, para algo que no lo valía.

Qué triste es darse cuenta ahora, después de haberle entregado tu cetro y tu trono, después de haber dejádote gobernar por quién sólo quiso usarte.

Es triste, porque amor sentía, bueno, quizá no, amor no, pero el aprecio más grande jamás sentido hacia otra persona antes. Y fue amasado y tirado como una simple bola de papel, sin utilidad, estúpido y frágil.

Cómo dejé que ésto sucediese. No lo sé, obnubilado estaba, evidentemente, mi sola pasión no dejó que lo visualizase antes. No me pude percatar de todo el daño que nos provocábamos mutuamente.

De todas formas, la reciprocidad con la que nos lastimábamos y dejábamos de querer fue bastante notoria, casi que pactada, acordada, predicha y extraña. Casi como si el destino hubiese sido tejido por aquellas feas parcas, hilando fino para que aquello ocurriese, y ambos lo supimos, a pesar que nos hicimos los estúpidos.

Río y lloro (Ya no), me consolo cantando canciones, quedándome hasta tarde despierto y pensando variadas situaciones en las que te hablo, en las que me comprendés, en las que se soluciona todo nuevamente, en las que continuamos juntos, adelante.

Obviando que sé que éso jamás pasará. porque no tengo el coraje, ni continúa encendida la llama para volver a tratar, pasó tanto tiempo ya, tantos días pasé, no siento nada. Nada. Absolutamente nada.

Pero igual me cuestiono, me pregunto, por qué tanta importancia te di, cuando no percaté que ya no me querías, si fue así alguna vez el caso y no sólo utilizábasme. Cómo no me respetaste, cómo no me tuviste en cuenta nunca, y jamás fuiste capaz de pedirme perdón. Me sentí tan destrozado después de éso. Me volvés loco. En sueños, cada cierto tiempo, seguís amonestándome, casi adrede pareciese, porque yo realmente dejé de sentir por vos todas aquellas cosas que, parece, permanecieron en algún recoveco, en aquel cenicero e que se apagan mis fuegos internos, intrínsecos a mi espíritu; y parece reavivarse sólo en esos momentos, cuando menos quiero pensar, y sólo descansar es mi meta.

Tildarán de loco a quien escribe, pero, por todo lo que pasé, por lo que viví, sé que no debo permitírselo aunque me carcoma la mente de las ganas, me tildarán de loco porque me tomo la molestia de escribir ésto, tan sin utilidad, tan como esa tontería. Tan así. Y lo acepto, mi único desahogo es escribir; el sólo amor que deseo sentir ahora es hacia la escritura, qué pasión emánase de mi cuerpo, me siento pleno. Gracias por el espacio.

La búsqueda.

Qué cruel fue tropezar cuando no merecía, ¿en qué fallé?, ¿qué fue lo que cometí?
Sólo soy un hombre en el mundo, que busca eso, que buscamos por motivación, por destino, o por amor.
No comprendo, a veces, por qué sufro de cosas por las que considero que no merecía. Siento que me derrumbo, que caigo y me rompo en mil pedazos.
Cuesta creer todo lo que se pone en juego; cuesta creer todo el dolor que provoca.
Y pensar que siempre vive ahí, cautiva, esperando que alguien la encienda y la inflame, que la consuma.
Vivaz, pícara, juguetona, pero peligrosa, cuando se descontrola, daña y es dolorosa. Y cuesta recuperar la parsimonia para que se apague nuevamente, y dejemos de sufrir.
Pensar que todo parece tan maravilloso, reverdecemos gracias a ella, y al mismo tiempo puede marchitarnos.
Nos exprime como naranjas, y nos arroja desalmadamente, sin compasión, sólo porque somos inservibles cáscaras de naranjas, sólo una pizca de la totalidad.
Cuesta creer, que así como nos atrapa en sus telas tan cálidas, tan suaves, nos cuesta escapar, volviéndose duras y asfixiantes.
Cuesta creer que en serio sucumbamos, generación tras generación, bajo el mismo sentimiento; parece una especie de sometimiento bajo el que estamos eternamente condenados a vivir todos nosotros, todos, todos los que aprendimos a verla, quererla y odiarla en algún momento.
Y aún mi búsqueda continúa, por más que sufra, por más que duela, por más que me descontrole y me quite el aliento y sienta que desfallezca cuando el fervor que me permite caminar se apaga y me abandona y duela y me sienta frío y solo.
Y aún así, continúo, por más que juegues sabiendo que te voy a sentir, por más que sepas que voy a sufrir, por más que sepas todo el dolor que sabés provocar.
Y aún así, continúo, sabiendo yo que me lastimarás, sabiendo que todas mis fuerzas serán malgastadas, sabiendo que todo fue en vano, sabiendo que pierdo el tiempo, sabiendo que me muero cada segundo transcurrido.
Y aún así, continúo…

Todos dicen que es fútil; sé que no lo es.

Marginado, solo, sólo aguardando el blanco resplandor en tus ojos aparecer por detrás de aquella puerta entreabierta, que dejaba susurrar el resoplido del viento a las tres y media de la madrugada, resoplido que recordábame al de tus labios al dorso de mi oreja derecha, labios rojos.
Parsimoniosos todos los seres cobijados bajo el abrigo de la luz lunar, reposando sus creativas cabecitas; menos parsimonia recibía yo, al seguir la idea pululante perturbando el silencio perfecto de una noche deslumbrante.
Ésa resonó con insistencia por horas, queriéndote ver, queriendo tocar tu aterciopelada piel, cual perfecta seda arábiga, inmaculada. Inmóvil permanecía, anhelando que esa idea se apagase y dejárame descansar, sabiendo que la próxima madrugada volvería a enturbiar mi descanso.
No soportábame, levanteme y fuime hasta el baño, laveme la cara y mireme al espejo. Vime destrozado, ojos profundos, vacíos, sin matices, mis manos se veían envejecidas, pero quizá las veía así por mis ojos sedientos de «quererte ver».
Volvime al lecho, recosteme tapándome con la sábana únicamente, mi único consuelo fue recordar aquella foto que vi después de acordarme que teníala guardada al fondo del cajón, la vi, lagrimeé, mojé el raído cartón, la guardé, y tomé 4, 5 o 6 de esas pastillas que sirven para «dormir». Dormir no quería. Dormir no quiero. Y aún persistiendo, en el sueño enloquecíasme, imágenes tan dulces y agrias al mismísimo tiempo; tanto ardor hubo en el sueño, corruptible a todos mis sentidos, que recordarlo me cuesta lo poco que me cuesta amarte, bien nítido, bien sentido.
Quisiera explayarme más, mas es difícil. Todo el amor que pudo sentir Helena por Paris, Dido por Eneas, María por Dios, no es comparable con lo que siento hacia vos, según así lo siento, y perdónenme por poca modestia, pero el amor es más grande que cualquiera de aquellos que no supieron apreciarlo sobre mi integridad.
Corazones que tuvieron que nacer fundidos, debieron ser sólo uno, pero no lo quiso así aquello superior a nuestra existencia, pero permitió que nuestros ardores se juntaran, y se complementaran.
Aunque ahora es todo frío, siéntome gélido, y si tu ardor complementaba el mío, desfallezco al sólo vislumbrar tras mi imaginación, cómo sentirase el tuyo en este instante. Estoy tan frío. Muerte fría, duelo frío.

Para Valentín.

Confusiones.

Dividido, confundido, aunque con la esperanza de recobrar la parsimonia en el lago turbio de mi corazón; siento como el verde del alma recorre dando círculos constantemente, revolviéndose en su misma esencia, porque no encuentra descanso a tan magnánima cuestión.
Como la luz intenta reverberar en una superficie inmaculada, si no fuese por una estela de polvo fino que la cubre, así mi alma, refleja su primer concepto, pero no se puede ver con claridad por esa cortina de confusión. E intento siempre encontrar la solución a tan intrincada situación, y no me es posible hallar tranquilidad, aún.
A pesar de que el amor también encendió el candelabro de mis pasiones, y mi propio consciente juega con mi vida toda, haciéndome ilusiones que son vanas fantasías, quiero creer que todavía conservo el pudor con el que solía manejarme, y la racionabilidad predomina como base de mis acciones.
No quiero sucumbir ante una ciega pasión sólo porque el corazón sienta la necesidad de saltar hacia ese abismo cálido; temo por mi integridad, por mi humilde honor, por la poca persona que soy, quiero conservarla.
Aunque incluso temo a la incertidumbre, no quiero quedarme con todo aquello que me haya quedado por intentar, quiero hacerlo, y quiero estar apoyado por aquello que sí me importa, que me alienta y me soporta en los días; si mi mente se asegura de eso, estaré algo más feliz.
Necesito que mi confianza reverdezca, siento que estoy sometido a un círculo de abatimiento conmigo mismo, como si me revolviesen; no siento la clama que podría sentirse un día soleado, en que el aire cálido, con aroma a rocío y sol, reposa sobre mis hombros y me llena el espíritu de más espíritu, mientras estoy sentado frente a un lago calmo, cristalino y lleno de vida; siéntome pleno en tal momento.
Como no puedo controlar la emoción, porque no me es facultad, ni la de nadie (obviamente porque él lo quiso), debo dejar que fluya, con el caudal regulado por las decisiones; aunque el dique suene a tan extraordinaria solución, la muerte sonaría más pronta en su aparición.
Dejémosnos amar, porque el corazón así lo quiere, nuestro corazón actúa independientemente de nosotros, y eso lo sabemos aunque lo neguemos.

Esos sentimientos que gritan desde el pecho mío.

No puedo interpretar el amor si no lo siento, sólo esa persona , y sólo en ese momento, puedo dar la definición precisa del sentimiento que aflora en mi pecho que podría describirse como «amor», si conturba mi espíritu, si mis rodillas sienten cosquillas y caigo en el círculo interminable y cálido de los sentimientos encontrados, de muchas confusiones, de momentos incoherentes, de falta de neuronas, de ideas cualesquiera, de odios momentáneos, de amores casuales, de recuerdos maravillosos, también no tanto; del amor, el círculo del amor.
Y como todos encontramos el amor, sin querer —y lo digo porque el amor es inencontrable si se busca—, todos experimentamos el vicio de ese círculo, tan dulce como una mermelada.
Esa persona que enciende las oscuras fosas del corazón, que prende la llama en la antorcha de la pasión y nos seda de locura y caprichos, donde esa persona se transforma en todo, en el punto más azucarado de la mermelada, donde la vida deja de importar, y embalsamados por la pasión, olvidamos nuestros proyectos todos y concentramos toda nuestra alma en esa unión. Y cuando se inflama el éter, y los corazones arden derritiendo la dulce mezcla del amor, los cuerpos reposan juntos en el lecho, dominados por la pasión, olvidados en su fama, en su cordura, porque en ese momento nada importa, ni debe importar, porque es pleno el momento de la conexión amorosa con la otra mitad de uno. Todos somos complementarios, hay que saber encontrar la parte que nos completa para vivir feliz. Nuestra cultura nos inculca encontrar nuestro amor para abandonar el nido y proyectar nuestras vidas junto a nuestra mitad, proliferar, y salir adelante. Aunque es difícil el trance que solemos transcurrir para alcanzar nuestra mitad, más cuando sabemos que la hemos hallado. ¿Cómo lograr la unión?, ¿cómo empezar?, ¿qué decir?, ¿de qué manera actuar? El puntapié inicial suele abarrotarnos de vanas ideas y obnubila nuestro pensamiento; a veces se torna deleznable las confusiones que movilizan nuestro pecho por el miedo, por el otro que nos mueve, aunque sólo hay una forma, y es moviendo la primera pieza; nadie lo hará por nosotros.
Hay que aprender las reglas del juego, son complicadas, el juego se pierde muchas más veces que las que se gana, pero sólo la práctica determinará cuán bien jugaste, a pesar de haber perdido si fuese el caso.
Cuando culmina el juego, y ves los resultados, te encontrarás mucho más unido contigo mismo; si los resultados no son los esperados, ten guardado en tu alma que, el intentarlo, lo vale para la revancha.
La vida es así, hay que jugarla, porque hay una sola, y desperdiciarla por el miedo sería un error que, lógicamente, es insubsanable, y podría determinar que no fuiste más allá, no trascendiste, y moriste incompleto. Una muerte oscura, sin más chances, no hay oportunidades. Hay que jugar, hasta que se apague la luz.

Mi interpretación de la escritura.

Detenerme a escribir, dejar fluir pensamientos hermosos, sólo en mi imaginación, claro, cosa que ustedes no podrán visualizar porque por más que se los intente explicar es demasiado estúpido porque no hay ejemplos que puedan describirlo. Son imágenes bizarras, fuera de lo común, de lo que las gentes promedio pensarían; mi mente sale de esos ámbitos, de esos paradigmas e intenta quebrarlos, romperlos, pensando estas cosas, que inservibles son, ninguna utilidad poseen, pero que me permiten a mí expresarme de manera intrincada, acomplejizada, buscando un camino dentro del laberinto, hasta encontrar al fauno; la solución, la muerte del problema.
Obnubilado, confuso, la vida juega tretas en momentos inapropiados, desbalancea mi suelo, no permite que florezcan las azucenas. Soporífero me pone el viento, que sopla suavemente sobre mi ríspido rostro, curtido por las cachetadas de la vida, dejándome cicatrices permanentes. Complicado y poético, hermoso y obscuro, turbio. Aguas rojas forman lagunas e islas donde cada idea reside, y no pueden interconectarse bajo ningún medio; sólo puedo esperar que la escritura me haga alcanzar algún puente para que esas ideas puedan encontrarse, y abrazarse. No es fácil, ya que tengo que plasmar lo de mi más hondo rincón del alma, lo cual expresado en palabras es imposible y me tomaría una infinidad. La muerte sólo determinaría ese sentimiento, o quizá el amor y el odio también sirvan de nexos para con lo interno y lo externo, lo que deseo decir y lo que digo; para lo que deseo hacer y lo que hago.
Darle una culminación, una síntesis a este texto no me es fácil, sólo me despediré. Adiós.

La mismísima vida nos oculta la «belleza».

Parece mentira que la vida nos ofrece tanta belleza en momentos inesperados, o en momentos que no podemos apreciarla. ¿Por qué, vida? No entiendo qué objeto tiene un momento de meditación; la ida en el bondi, unos mates, caminar por la rambla, una ida a una plaza, el campo. Sentarse bajo la ubérrima sombra de un árbol. Es maravilloso. Es tan lindo. Pero por alguna razón, en ese momento, preferimos quedarnos absortos en nuestros pensamientos, con nuestros problemas, con nuestra vida toda, así de complicada tal cual es, o soportando el sonido de la radio si viajamos en un bondi, o los comentarios y risas de un amigo, que no dejan de ser preciosas demostraciones, pero que no permiten apreciar «esa» belleza.
Últimamente intento aprovechar al máximo ese momento para estar yo y «la belleza», es mágico, parece supraterrenal, pero no ponerse obsesos en éso, sólo apreciarlo. Es un instante cálido, lleno de sentimientos, en que nos fijamos en el sol, cómo nos pegan los haces de luz en la cara, el calor, las texturas, los sonidos, cómo nos sentimos, cómo verdaderamente estamos en «ese» momento. Es único para uno, para yo. Yo puedo decirles que es único.
Dejar la vida a un lado sólo para percibir «la belleza», no hay nada mejor, te llena el corazón, lo inflama y enciende, derritiendo todo dicho órgano cardíaco, dejando ni la más ínfima ceniza del mismo produciendo una extraña e inesperada sensación de felicidad. Y sólo regresaremos a ser nosotros cuando volvemos a nuestras vidas, cuando yo vuelvo a ser yo, cuando soy. Cuando debemos bajar, cuando tenemos que vivir. Por eso la vida no nos permite apreciar la belleza que ella misma nos aporta, es hipócrita, mentirosa, nos oculta la verdad y juega con nuestras emociones, tan frágiles. Nuestra vida es nuestra mentira, misma mentira que nos ciega, y nos hace actuar mal, erramos y caemos, pero nos levantamos con la esperanza de que no nos mentirá, y nos confesará la verdad, el camino para alcanzar y finalmente llegar. La felicidad toda y pura, mientras vivamos, es mero sueño. La podemos apreciar desde «esa» perspectiva, tan linda. Maravillosa y mágica, así es.