Ya no puedo ver.

por Vough

A pesar del día estar en su final, en mi interior reinaba una monárquica paz, que, inapelable, gobernó cada recoveco de mi economía. En la casa no se prendían las luces, y esto particularmente no me afectó. Aproveché mis segundos de vida y la infinita luz de los últimos rayos del sol para escribir: escribir a la antigua, como bien me gusta. Birome en mano y la imaginación ecléctica y bailarina con la que existo; simbiosis eterna, y de agradecimiento mejor ni hablo; que me permite expresar bajo el celeste añil de un cielo que se oscurece, en una página blanca y una tinta que magia realiza cuantas palabras canaliza que, juro y perjuro, jamás llego a real reflexionar. Las nubes, con sus formas de cirros y cúmulos, cumpliendo naturales patrones geométricos, están siendo los únicos observadores de mi apertura, guardianes de un holgazán vulnerable, cuya vida es feliz y sus ambiciones gigantescas; tanto que las nubes lograrían subir hasta la tierra, y revelar su verdadera estructura, tan intocable, con su llanto reparador, que abraza la armonía y la vida toda. La oscuridad es implacable, acérrima, cada letra se sume en una vorágine de perdición para mi visión en la blanca página. Ya no puedo ver, pero puedo confiar, y mi mano no quiere parar. Parar de abrir mis secretos, exponer mis baúles prohibidos. El cielo se transparenta para presentar a los caballeros nocturnos, portadores de grandes promesas, que en la noche iluminan tímidos toda una constelación. De torres y castillos, fábulas de héroes y princesas, mi corazón construye su historia desde el entendimiento de la redacción, da vuelta de página y continúa, impasible, sin temor a la oscuridad. Como caballero insondable en su postura y sus funciones, continúa protegiendo a sus nobles, en incansable labor de permitirme continuar escribiendo, por siempre, en la oscuridad, por infinitos momentos de tersa paz.

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