La consciencia.

por Vough

Heme nuevamente encerrado en el círculo adictivo que me provoca redactar. Empecinado en desbordar lo ya desalineado, ilimitado, sin territorio geográfico que ninguna legislación constitucional regula. Torpe en decidir escribir lo inenarrable, lo insípido para la consciencia, sin información fundamental, sin trascendencia para mi desarrollo. Mínimamente busco desahogar las emociones más profundas que se agitan dentro de mis órganos, que no encuentran escapatoria inmediata, que extrañan tu presencia gratificante, jovial. Extrañan tus miradas que comunicaban todos tus temores, tu profunda imaginación y tus instintos. Extrañan tu enloquecida creatividad, tu seductora originalidad y tu inverosímil capacidad de generarles bienestar, inclusive cuando más verosímil era que eso no sucediera. Se conectan y me acosan, perturban mis procesos, mi día y mi sueño. Forman estructuras tangibles en la realidad ensoñada, donde la verdad suena difusa, donde un vector tangencial raspa la muerte y transporta mis recónditos pensamientos a la superficie. En el día de hoy me siento bien, hecho particular en demasía para que yo haya decidido escribir. Sin embargo, la oportunidad lo merece, porque redactar es mi pasión culposa, porque es mi faceta inhibida por mi carácter, por mi sociedad íntegra, en ambos sentidos, porque mi actual regocijo también tiene derecho a réplica, porque no existo únicamente en esta forma, tan abstracta, tan incorpórea, solo cuando pensamientos negativos contaminan mi economía. El sosiego y la tranquilidad también merecen su espacio dentro de mi amor y mi júbilo, porque soy ser consciente, soy ser que siente, soy ser donde siente y como siente y cuando siente y porque siente, y los pensamientos positivos merecen su espacio. En el día de hoy, tú manejaste mi corazón, tú manipulaste mi control y desconfiguraste mis acciones, mi humor al levantarme, al salir por la puerta a una hora y entrar por la misma a la siguiente. Despeinaste mis ideas y desordenaste mis hipótesis de la vida. Tú lograste, raudo y eficaz, fraudulentamente, hacerme volar, desconectarme de la vida, hacerme hundir profundo en la tierra, conocer tus raíces, tu piel y tu emoción. Cabalmente descolocaste magnitudes, el tiempo no fue el mismo; las manecillas del reloj se movieron de derecha a izquierda; no sentí jamás frío, y apenas comienza la primavera lluviosa; te convertiste en gigante ante mis ojos, a pesar de siempre conservar tu longitud. Agradecido de tu aparición. Vanaglorio tu sincera palabra. Tus nexos, tus miembros, tu torso, tu integridad me desmorona y mi consciencia claudica ante tu imagen, ante la imagen que mi cerebro crea, ante la creatividad que poseo de poder interpretarte como lo mejor en mi vida. Sugestiva tu voz, que estremece mi espalda, y tu tacto, que excita mis más sensibles nervios. Que tu existencia siempre será almacenada en mi cerebro, conservador, pequeño artefacto de locuras, de grandes locuras. Siempre esperaré tu palabra, tu aceptación, la entrada a tu vida, y esperaré el día, ese día.

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