Esos sentimientos que gritan desde el pecho mío.

por Vough

No puedo interpretar el amor si no lo siento, sólo esa persona , y sólo en ese momento, puedo dar la definición precisa del sentimiento que aflora en mi pecho que podría describirse como «amor», si conturba mi espíritu, si mis rodillas sienten cosquillas y caigo en el círculo interminable y cálido de los sentimientos encontrados, de muchas confusiones, de momentos incoherentes, de falta de neuronas, de ideas cualesquiera, de odios momentáneos, de amores casuales, de recuerdos maravillosos, también no tanto; del amor, el círculo del amor.
Y como todos encontramos el amor, sin querer —y lo digo porque el amor es inencontrable si se busca—, todos experimentamos el vicio de ese círculo, tan dulce como una mermelada.
Esa persona que enciende las oscuras fosas del corazón, que prende la llama en la antorcha de la pasión y nos seda de locura y caprichos, donde esa persona se transforma en todo, en el punto más azucarado de la mermelada, donde la vida deja de importar, y embalsamados por la pasión, olvidamos nuestros proyectos todos y concentramos toda nuestra alma en esa unión. Y cuando se inflama el éter, y los corazones arden derritiendo la dulce mezcla del amor, los cuerpos reposan juntos en el lecho, dominados por la pasión, olvidados en su fama, en su cordura, porque en ese momento nada importa, ni debe importar, porque es pleno el momento de la conexión amorosa con la otra mitad de uno. Todos somos complementarios, hay que saber encontrar la parte que nos completa para vivir feliz. Nuestra cultura nos inculca encontrar nuestro amor para abandonar el nido y proyectar nuestras vidas junto a nuestra mitad, proliferar, y salir adelante. Aunque es difícil el trance que solemos transcurrir para alcanzar nuestra mitad, más cuando sabemos que la hemos hallado. ¿Cómo lograr la unión?, ¿cómo empezar?, ¿qué decir?, ¿de qué manera actuar? El puntapié inicial suele abarrotarnos de vanas ideas y obnubila nuestro pensamiento; a veces se torna deleznable las confusiones que movilizan nuestro pecho por el miedo, por el otro que nos mueve, aunque sólo hay una forma, y es moviendo la primera pieza; nadie lo hará por nosotros.
Hay que aprender las reglas del juego, son complicadas, el juego se pierde muchas más veces que las que se gana, pero sólo la práctica determinará cuán bien jugaste, a pesar de haber perdido si fuese el caso.
Cuando culmina el juego, y ves los resultados, te encontrarás mucho más unido contigo mismo; si los resultados no son los esperados, ten guardado en tu alma que, el intentarlo, lo vale para la revancha.
La vida es así, hay que jugarla, porque hay una sola, y desperdiciarla por el miedo sería un error que, lógicamente, es insubsanable, y podría determinar que no fuiste más allá, no trascendiste, y moriste incompleto. Una muerte oscura, sin más chances, no hay oportunidades. Hay que jugar, hasta que se apague la luz.

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